Los 6 marketing fails más horribles de la historia

En publicidad, la línea entre un éxito escandaloso y una cagada espectacular es peligrosamente fina. Para muchas marcas, alzarse con el triunfo pasa por echarle agallas, destacar a toda costa, arriesgarse con un salto al vacío… porque ya sabéis: “que hablen de ti, da igual si bien o mal, pero que hablen” y todo eso. A veces, sin embargo, el equipo de marketing se excede con los gin-tonics y lo que parecía una idea genial en el bar a las 2:45 de la mañana, acaba siendo una pesadilla en la oficina semanas después. Veamos los que son, a nuestro juicio, los mayores y más espantosos marketing fails en la historia de la humanidad.

Pepsi hace millonaria a la mitad de la población filipina

 

 

Nos comunica nuestro corresponsal en Filipinas (que para algo Webuzz es una agencia internacional) que en este país asiático nadie bebe Pepsi. Nadie. Y es que allá por 1992 a la multinacional de refrescos se le ocurrió echar la casa por la ventana en un intento desesperado por acercarse a Coca-Cola en el mercado oriental. La idea era la siguiente: cada botella tendría impreso un número de tres dígitos en el botón. El poseedor del número premiado, elegido al azar, recibiría un millón de pesos filipinos. Las ventas de Pepsi se multiplicaron y medio país, literalmente, había comprado su botella, esperanzado. Hasta aquí todo perfecto. ¿Cuál fue el problema? En un desgraciado error de imprenta, el número premiado se encontraba en 800.000 botellas. Acojonados, y no es para menos, los de Pepsi anunciaron que todo había sido un error, y que cancelaban el concurso. Pero a los filipinos no les hizo mucha gracia: miles de personas que se creían millonarios se echaron a la calle, donde se sucedieron violentas protestas que terminaron con dos empleados de Pepsi asesinados en un ataque bomba. Ya os imagináis de qué marca eran la botella que usaron para los cócteles molotov.

Jagermeister y su piscina de la muerte

 

 

Otra ocurrencia publicitaria que casi acaba en tragedia, ocurrió en León, México, donde la marca del famoso licor de hierbas Jagermeister patrocinaba una fiesta al aire libre. Resulta que en un evento con piscina, atractivos jóvenes en bañador y una buena dosis de alcohol en vena y música electrónica, lo único que faltaba era… un poquito de “atmósfera”. A la empresa organizadora se le ocurrió echar nitrógeno líquido en el agua, lo cual crea un efecto muy atractivo de niebla artificial. También es altamente tóxico. No había que dar clases de química, una rápida consulta a tu amigo Google te dirá que mezclar nitrógeno líquido con el cloro de la piscina puede acabar en catástrofe, y así fue: varias personas desmayadas, una camarera que se salvó de milagro de ser ahogada, y un joven en coma durante 18 días. Un buen reclamo para acudir a fiestas organizadas por Jagermeister, la verdad es que no lo es.

Malaysia Airlines y su extraño sentido de la oportunidad

 

 

Seguimos con campañas teñidas de un color bastante macabro. Porque si hay algo que deberías evitar a toda costa cuando promocionas tu empresa, es cualquier cosa referida a la muerte. Algo, pensaréis vosotros, muy de sentido común. Pues el sentido común no es algo que abunde en las oficinas del departamento de publicidad en Malaysia Airlines. Muchos recordaréis los fatales accidentes de los vuelos MH17 y MH370, ambos fletados por esta compañía. Ambos sucedidos en el mismo año (2014). Pues bien, ¿cuál es la mejor idea que tiene la compañía de levantar su marca en horas tan bajas? Lanzar un concurso llamado My Ultimate Bucket List. O sea, “mi lista de cosas que hacer antes de morir”. Bravo, Malaysia Airlines, bravísimo.

¿Quiénes son U2?

 

 

No sé qué es más patético. Si regalar tu disco a millones de personas, que no lo han pedido, a la fuerza. O que la compañía que se encarga de regalarlo tenga que crear una herramienta para eliminarlo fácilmente, porque eliminarlo es lo que todos los usuarios quieren hacer. O que muchos de estos “afortunados usuarios” salgan en masa a Twitter para preguntar, confundidos: “¿Quiénes son estos y qué hacen en mi teléfono móvil?”. Si usáis Apple ya lo sabéis: El nuevo disco de U2 de repente y sin avisar aparecía como una almorrana en vuestro iTunes. Una jugada de marketing magistral que ambas partes anunciaron a bombo y platillo, pero que terminó en desastre, dañando la imagen tanto de Apple como de U2. Un desastre muy caro, además (unos 100 millones de dólares). Independientemente de la calidad musical del disco, éste se convirtió en un engorro que todos querían eliminar. Por desgracia para Bono y compañía, el fracaso también sirvió para mostrarles la cruda realidad actual: muchos de los más jóvenes de hoy ni siquiera saben quiénes son.

Fiat pone los pelos de punta a miles de españolas.

 

 

Venimos a nuestro país con una historia que en retrospectiva podría parecer divertida, pero en su momento puso a muchas mujeres (y sus parejas) al borde de un ataque de nervios. Parece que en la era pre-internet eso del llamado “buzoneo” era una apuesta comercial segura, pues en 1992 la firma italiana Fiat puso en marcha una campaña de lo más original en España: enviar por correo ordinario cartas de amor a 50.000 mujeres. Cartas anónimas y con mensajes que pretendían ser románticos pero eran más bien los de un acosador psicópata. Algunas dejaron de salir a la calle. Otras llamaron a la policía. En algunos casos, se desataron crisis conyugales, celos y rupturas de pareja. Al final tuvieron que salir los de Fiat a avisar de que todo aquello se trataba de la primera fase para publicitar su nuevo modelo Cinquecento, y que vale, que no había sido muy buena idea.

Los peligros de subestimar a las personas

 

 

Terminamos con el que es personalmente mi caso favorito. Martha Sanchez (nada que ver con la cantante) es la dueña de Casa Sanchez, una taquería de San Francisco. Un día Martha empezó a darle vueltas a su estrategia comercial, y tuvo una idea: Si alguien se tatuaba el logo de la marca, tendría derecho a comer gratis en el establecimiento durante toda su vida. Estamos en 2017 y ahora sabemos que la gente se tatuaría cualquier cosa y su madre sin pestañear, pero en 1999 el desdén por la propia piel estaba probablemente infravalorado. Como es normal, Martha pensó: “¿A qué loco de atar se le ocurriría tatuarse nuestro logo de mierda?”. Pues, para su inmensa sorpresa, a muchos. Cuando llegó el cuadragésimo energúmeno enseñando su tatuaje, Martha tuvo que sentarse y calcular las pérdidas millonarias que tendría que afrontar si no paraba aquel tsunami de proto-hipsters. Al final, no le quedó otro remedio que anunciar un límite de 50 personas para acceder a la oferta, y que a partir de ese número, ya podrías tener tatuada su cara en el pecho, que ibas a tener que pagar por tu burrito.

By Rodrigo Núñez

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